domingo, 6 de marzo de 2011

No me dejes morir.


Todo texto escrito por un periodista tiene una lección.

No me dejes morir
con los pies desnudos
descansando en la suave hierba
que nace en la otra orilla.
No quiero morir contemplando
con mansedumbre el río.
Prefiero ahogarme en el intento
de remar hacia el principio secreto
de las aguas.
Sólo por saber
cuánto soportan mis brazos
y en qué momento ya no soy capaz
de sostener los remos
que han de parecer fusiles.
Quisiera derrumbarme
al doblar la esquina
rumbo a la máquina de escribir
después de haber hollado
el pavimento cálido
con mis zapatos de reportero.
No me dejes morir ahito
de goces y de lágrimas.
Prefiero la lívida
sensación del pánico
que sube del estómago
y genera las palabras.
No dejes que me sorprenda el fin
meciéndome en la telaraña
de una insulsez.
Quiero más bien
escuchar el último fragor de la batalla.
No me dejes morir en el hastío
de una noche incompleta.
No me permitas mirar
la evidencia fláccida
de la última vez.
No permitas que me tenga lástima.
Aspiro al relámpago mortal
que inmoviliza al hombre
en el instante supremo del amor.
Si así muero, sabrás
que terminé feliz.
Reclama el cuerpo, incéndialo
y riega las cenizas
en las aguas de Cozumel.

Manuel Buendia murío el 30 de mayo de 1984, dos años antes había enviado este poema a su amigo Álvaro González Mariscal.

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